√ El óptico-optometrista e investigador del IOBA de la Universidad de Valladolid explica por qué muchas personas que ven bien durante el día comienzan a experimentar deslumbramientos, dificultades visuales e inseguridad al conducir de noche

√ El experto advierte de que una buena agudeza visual no siempre garantiza una visión adecuada al volante y destaca la importancia de evaluar otras capacidades, como la sensibilidad al contraste, antes de asumir que estas dificultades son inevitables con la edad

 

Alfredo Holgueras López es óptico-optometrista y Doctor en Ciencias de la Visión. Desarrolla su actividad clínica e investigadora en el Instituto Universitario de Oftalmobiología Aplicada (IOBA), donde centra buena parte de su trabajo en la evaluación de la función y la calidad visual, así como en el ámbito de la cirugía refractiva y el segmento anterior. Entre sus líneas de interés se encuentra el estudio de la visión aplicada a la conducción, especialmente en situaciones de elevada exigencia visual, como la conducción nocturna. Asimismo, desarrolla actividad docente de grado y posgrado en la Universidad de Valladolid (UVa).

En el curso que impartió en OPTOM 2024 partía de una frase muy habitual: “Cada vez conduzco menos, sobre todo por la noche, siento inseguridad y trato de evitarlo”. ¿Es habitual que lleguen a consulta pacientes que aseguran ver bien durante el día, pero tienen dificultades para conducir de noche? ¿Qué suelen contaros exactamente? ¿Por qué tantas personas terminan renunciando a conducir de noche? ¿Hasta qué punto puede estar relacionado con un deterioro de determinadas capacidades visuales?

Sí, es una situación relativamente frecuente. Hay personas que durante el día se desenvuelven con normalidad y, sin embargo, empiezan a notar dificultades cuando conducen al anochecer o de noche. Lo que suelen describir no es necesariamente que vean borroso. A menudo refieren que necesitan acercarse más a un panel indicador, que les cuesta detectar peatones u objetos poco contrastados o que los faros de otros vehículos les resultan cada vez más molestos, con halos, destellos o incluso una pérdida de visibilidad transitoria.

Cuando estas dificultades se repiten, pueden reducir la confianza al volante y modificar progresivamente la forma de conducir, adoptando estrategias como disminuir la velocidad, evitar carreteras poco iluminadas o desconocidas, limitar los desplazamientos nocturnos o, como bien dices, finalmente dejar de conducir de noche.

En muchos casos no existe una única causa, sino una combinación de varias. La disminución de la sensibilidad al contraste y una mayor susceptibilidad al deslumbramiento son los factores visuales más relevantes. La idea fundamental es que una persona puede conservar una agudeza visual aparentemente buena y, aun así, presentar una peor calidad visual cuando las condiciones se vuelven más exigentes.

¿Por qué podemos ver perfectamente durante el día y, sin embargo, experimentar dificultades cuando conducimos de noche? ¿Qué ocurre con nuestra visión cuando disminuye la iluminación y aumenta el deslumbramiento de los faros? ¿Qué problemas visuales pueden explicar estas dificultades? ¿Hasta qué punto influyen un astigmatismo no corregido, una graduación desactualizada, los cambios asociados a la edad o determinadas enfermedades oculares?

Porque la visión nocturna exige al sistema visual trabajar en condiciones muy diferentes a las del día. Cuando disminuye la iluminación, cambia la participación relativa de las células fotorreceptoras de la retina —conos y bastones—, se reduce el contraste disponible y la pupila se dilata. Como consecuencia, pequeñas alteraciones ópticas que durante el día pueden pasar desapercibidas adquieren más importancia.

Además, conducir de noche no significa simplemente conducir con “menos luz”. Nos enfrentamos a una escena muy heterogénea, en la que conviven zonas oscuras con fuentes luminosas, como los faros de los vehículos. Esa disparidad extrema puede producir deslumbramiento y reducir temporalmente la capacidad para detectar estímulos poco contrastados, como peatones, ciclistas, señales o los límites de la carretera.

En estas condiciones pueden hacerse más evidentes problemas que durante el día apenas generan síntomas. Una graduación desactualizada o un astigmatismo no corregido pueden degradar la calidad de la imagen; una película lagrimal inestable puede producir fluctuaciones visuales y aumentar los fenómenos luminosos; y determinadas alteraciones de la córnea, el cristalino o la retina pueden reducir el rendimiento al volante en condiciones de baja iluminación.

La edad también influye. Con los años pueden disminuir algunas capacidades visuales, aumentar la dispersión de la luz dentro del ojo y hacerse más lenta la adaptación a los cambios de iluminación. Una catarata incipiente, por ejemplo, puede aumentar el deslumbramiento y reducir la sensibilidad al contraste incluso cuando la agudeza visual convencional todavía es relativamente buena.

Por todo ello, una persona puede desenvolverse perfectamente durante el día y, sin embargo, sentirse mucho menos cómoda y eficaz al conducir de noche, especialmente cuando se añaden condiciones adversas como lluvia, niebla o reflejos sobre la calzada.

Más allá de la agudeza visual, ¿qué otras capacidades son fundamentales para conducir con seguridad? ¿Qué papel desempeñan la sensibilidad al contraste, el campo visual, la percepción de profundidad o la adaptación a la oscuridad?

 La agudeza visual es importante, pero por sí sola no refleja toda la función visual necesaria para conducir. En una prueba convencional de agudeza visual solemos identificar estímulos estáticos, de alto contraste y con tiempo suficiente para responder. La conducción, en cambio, es una tarea dinámica: los objetos se mueven, aparecen a distintas distancias, presentan contrastes muy variables y, además, debemos detectarlos e interpretarlos en un tiempo limitado.

Por eso intervienen otras capacidades visuales. Una de las más relevantes es la sensibilidad al contraste, es decir, la capacidad para distinguir un objeto de su fondo. Esto es especialmente importante para detectar peatones, ciclistas, bordes de la carretera o señales en condiciones de poca iluminación o climatología adversa.

El campo visual también desempeña un papel esencial, porque nos permite captar información periférica y detectar la aparición de vehículos, peatones, ciclistas o animales fuera de la zona central de la mirada. Además, la visión binocular y la percepción de la profundidad contribuyen a determinadas estimaciones espaciales. Y por supuesto la adaptación a la oscuridad y a los cambios de iluminación resulta fundamental, ya que nuestro sistema visual debe reajustarse continuamente al pasar de zonas iluminadas a otras más oscuras o después de recibir el deslumbramiento de unos faros, y esa capacidad puede verse reducida con la edad o ante determinadas alteraciones oculares.

Por eso, cuando hablamos de conducción, es más adecuado pensar en función visual en su conjunto que limitarse únicamente a la agudeza visual.

¿Cuáles son las señales que deberían alertarnos de que nuestra visión nocturna no está funcionando adecuadamente? ¿Ver halos alrededor de las luces, distinguir peor a los peatones o necesitar reducir mucho la velocidad son motivos para consultar?

 Sí, todos ellos pueden ser signos de alerta. Entre los más frecuentes están percibir halos o destellos alrededor de las luces, notar que los faros deslumbran más que antes, tener dificultades para distinguir peatones, ciclistas u obstáculos poco contrastados, perder referencias con climatología adversa o sentir que necesitamos reducir claramente la velocidad para conducir con confianza.

También puede ser significativo empezar a evitar adelantamientos, carreteras poco iluminadas o trayectos desconocidos, depender excesivamente del vehículo que circula delante para mantener una referencia visual o notar que, tras recibir el deslumbramiento de unos faros, necesitamos demasiado tiempo para recuperar una visión cómoda y confortable.

Más que un síntoma aislado, lo que debe llamar la atención es un cambio progresivo en el comportamiento al volante. Ninguno de estos síntomas significa por sí solo que exista una enfermedad ocular ni que una persona no pueda conducir, pero sí son motivos razonables para realizar una evaluación visual completa, especialmente si aparecen de forma reciente, empeoran o interfieren de forma clara con la conducción cotidiana

Una persona puede superar una prueba convencional de agudeza visual y, aun así, tener dificultades importantes al volante. ¿Son suficientes las pruebas visuales habituales para valorar cómo nos desenvolvemos en condiciones de conducción nocturna? ¿Qué pruebas o aspectos de la función visual puede valorar un óptico-optometrista cuando alguien refiere estos problemas?

No siempre. Una prueba convencional de agudeza visual es fundamental, pero la conducción, especialmente la nocturna, plantea tareas y condiciones ambientales bien diferentes, con exigencias visuales mayores a las que reproduce la agudeza visual habitual.

Cuando una persona refiere dificultades específicas, el óptico-optometrista puede ampliar la evaluación más allá de la agudeza visual y la graduación. Dependiendo del caso, puede valorar aspectos como la sensibilidad al contraste, la capacidad visual en condiciones de baja iluminación, el efecto del deslumbramiento, el campo visual, la visión binocular, la estabilidad de la película lagrimal o la calidad óptica del ojo. Lo importante es no limitarse a comprobar si el paciente “lee bien las letras”, sino intentar identificar qué componente de la función visual puede estar comprometido y si ese hallazgo ayuda a explicar la dificultad que experimenta durante la conducción.

Como óptico-optometrista e investigador, ¿qué puede aportar una revisión optométrica a una persona que empieza a sentirse insegura conduciendo? ¿Qué alteraciones pueden detectarse, qué soluciones existen y cuándo es necesaria una derivación al oftalmólogo?

Puede aportar mucho, porque algunas de las causas que generan inseguridad al volante son relativamente sencillas de detectar por un óptico-optometrista y, en muchos casos, susceptibles de proporcionar una alta mejoría.

Podemos comprobar, por ejemplo, si existe una graduación desactualizada, un astigmatismo residual, una compensación óptica inadecuada, alteraciones en la percepción del contraste o de la visión binocular, o una superficie ocular inestable que produzca fluctuaciones de la visión o empeore la calidad visual en determinadas circunstancias. A partir de ahí, algunas situaciones pueden mejorar optimizando la corrección óptica o actuando sobre los factores modificables detectados.

En otros casos, la evaluación permite identificar que la queja no se explica únicamente por la graduación y que existen signos compatibles con una catarata, una alteración corneal, una patología retiniana u otros problemas oculares que requieren valoración oftalmológica.

Nuestro papel como ópticos-optometristas es identificar qué aspectos de la función visual pueden estar limitando el rendimiento, optimizar aquello que sea modificable, explicar al paciente los hallazgos encontrados y derivarlo cuando existe sospecha de patología, cuando lo encontrado no justifica la sintomatología o cuando la magnitud del problema aconseja una evaluación médica.

¿Qué consejos prácticos daría a quienes ahora, con el cambio de hora y menos horas de luz, tienen que conducir de noche para volver del trabajo o realizar sus desplazamientos habituales?

 El primer consejo es sencillo: si percibimos que nuestra visión nocturna ha cambiado, no conviene normalizarlo sin más. Una revisión visual puede detectar alteraciones relativamente sencillas de corregir y, en algunos casos, mejorar de forma significativa el confort y el rendimiento al conducir.

Es importante utilizar la corrección óptica adecuada cuando sea necesaria, llevar la graduación actualizada y mantener las lentes limpias y en buen estado.

Un tratamiento antirreflejante de calidad puede reducir los reflejos producidos en las superficies de las lentes, aunque no elimina el deslumbramiento originado dentro del propio ojo. Y respecto a las gafas amarillas comercializadas para conducción nocturna, hay que ser prudentes, ya que pueden modificar la percepción subjetiva y filtrar determinadas longitudes de onda, pero no existe evidencia suficiente para afirmar que mejoren de forma general la detección de obstáculos o la seguridad durante la conducción nocturna. Además, en condiciones de baja iluminación, cualquier filtro reduce parte de la luz que llega al ojo.

Aunque parezca una obviedad, también conviene cuidar elementos tan básicos como el parabrisas, manteniéndolo limpio tanto por dentro como por fuera, ya que la suciedad y las pequeñas películas de grasa pueden aumentar la dispersión de la luz y empeorar la visibilidad frente a los faros. Del mismo modo, puede ser útil moderar la intensidad del cuadro de instrumentos y de las pantallas del vehículo para favorecer la adaptación a la oscuridad.

Además, si nos cruzamos con un vehículo cuyos faros resultan especialmente molestos, es preferible dirigir la mirada hacia las referencias de nuestra trayectoria y evitar fijarla directamente en la fuente luminosa. Y, por supuesto, debemos adaptar la velocidad a la visibilidad disponible y aumentar la prudencia en condiciones adversas como lluvia, niebla o carreteras poco iluminadas.

Conducir es sinónimo de independencia para muchas personas. ¿Qué consecuencias puede tener dejar de hacerlo por inseguridad visual y qué mensaje trasladaría a quienes están renunciando progresivamente a conducir sin haber consultado antes con un profesional?

 Para muchas personas, conducir es mucho más que desplazarse de un lugar a otro: representa autonomía e independencia. Permite mantener la actividad laboral, visitar a familiares y amigos, participar en actividades sociales o desenvolverse con libertad en la vida cotidiana. Por eso, dejar de conducir puede tener un impacto importante sobre la movilidad y la calidad de vida, especialmente en personas mayores o en lugares donde existen pocas alternativas de transporte.

Al mismo tiempo, la autorregulación —la adaptación o limitación del comportamiento al volante para garantizar la seguridad propia y la de los demás— puede ser una conducta prudente. Si una persona reconoce que determinadas condiciones le resultan especialmente difíciles y decide evitarlas, está adaptando su comportamiento a sus propias limitaciones.

Lo que no debe ocurrir es que alguien renuncie progresivamente a conducir simplemente porque se asuma que esa dificultad “es normal con la edad” sin haber comprobado antes si existe alguna causa visual identificable y potencialmente corregible. Antes de abandonar una actividad tan importante, merece la pena comprobar si es posible mejorar la función visual, identificar el origen de la dificultad o establecer estrategias que permitan conducir de una forma más placentera y prudente.

El mensaje que trasladaría es que no hace falta esperar a “ver mal” para consultar. Si conducir de noche empieza a generar una inseguridad que antes no existía, independientemente de la edad, puede ser una de las primeras manifestaciones de un cambio en nuestra función visual y merece la pena evaluarlo.