√ El Colegio de Ópticos-Optometristas de Castilla y León cierra su campaña #COOCYLConLosPacientes con la historia de Martina Muñoz, una joven que comenzó a utilizar Orto-K con 9 años tras detectarle una rápida progresión de su miopía y que hoy, a punto de cumplir 18, inicia sus estudios universitarios sin necesitad de gafas ni lentillas durante el día
√ “No veía bien y tenía que estar todo el rato pidiendo que me pusieran las cosas más grandes. Cuando empecé con el tratamiento, me cambió la vida”, recuerda la joven sobre sus primeros años en el colegio
√ Su óptica-optometrista desde la infancia, Ana Belén Cisneros, destaca la importancia de detectar a tiempo los problemas visuales, especialmente con la vuelta a las aulas: “Los niños muchas veces no se quejan porque no saben lo que es ver bien ni son conscientes de los problemas de visión

De no poder ver correctamente la pizarra desde el fondo de la clase cuando estudiaba segundo de Primaria a comenzar la universidad con la tranquilidad de desenvolverse durante todo el día sin gafas ni lentillas. Ese es el recorrido de Martina Muñoz Clavero, una joven de Valladolid que está a punto de cumplir 18 años y lleva prácticamente una década utilizando lentes de ortoqueratología (Orto-K) para controlar la progresión de su miopía.
Su historia cobra especial significado coincidiendo con la vuelta a las aulas, un momento en el que el Colegio de Ópticos-Optometristas de Castilla y León (COOCYL) recuerda a las familias la importancia de revisar la visión de niños y adolescentes para detectar a tiempo posibles alteraciones que puedan interferir en sus tareas escolares.
Martina Muñoz Clavero protagoniza, además, la última historia de #COOCYLConLosPacientes, la campaña puesta en marcha por el Colegio en octubre de 2025, coincidiendo con el Día Mundial de la Visión, para mostrar a través de pacientes reales cómo la atención sanitaria, cercana y personalizada de los ópticos-optometristas puede mejorar la calidad de vida.
“Es que no veo la pantalla”
Martina tenía ocho años cuando comenzó a darse cuenta de que algo no iba bien. “Estaba en clase y me ponían siempre atrás porque nunca la he liado, y sentaban adelante a los que se portaban peor, pero yo pensaba ‘es que no veo la pantalla’ y estaba siempre pidiendo que me repitieran las cosas”. Se lo dije a mi madre y me dijo: ‘Pues vamos con Ana y que te mire’”, recuerda.
En mayo de 2016 comenzó a utilizar gafas con alrededor de una dioptría. Sus antecedentes familiares —tanto su madre como su padre son miopes— hicieron que su óptica-optometrista, Ana Belén Cisneros, vicedecana de COOCYL, recomendara vigilar estrechamente su evolución.
Y la progresión fue rápida. En aproximadamente dos años, la graduación aumentó unas dos dioptrías en cada ojo, llegando en determinados periodos a incrementarse alrededor de media dioptría cada cinco o seis meses.
“Le dije a su madre que había que hacer un tratamiento de control de miopía e intentar frenar esa progresión”, explica Cisneros. Fue entonces, con nueve años, cuando comenzaron la adaptación de lentes de Orto-K, que utiliza mientras duerme y retira al despertar para poder ver durante el día sin corrección.
De una “odisea” a no querer vivir sin ellas
Los comienzos no fueron fáciles. Martina todavía recuerda las dificultades para colocarse las lentes cuando apenas tenía nueve años. “Yo lo pasaba fatal al principio. Quitármelas, muy bien; pero para ponérmelas me pasaba horas sentada en la mesa llorando porque no podía”.
La paciencia, el acompañamiento familiar y el seguimiento de su óptica-optometrista hicieron que aquella dificultad inicial terminara convirtiéndose en una rutina que hoy realiza prácticamente de manera automática.
“Después de tantos años ya me sale solo. Pero recuerdo que al principio era una odisea. Luego, el hecho de poder ver durante el día y no tener que llevar nada me parece una maravilla”, afirma.
La comodidad que le proporciona esta solución es tal que Martina reconoce echarla especialmente de menos cuando no puede utilizarla. Le ocurrió recientemente durante el Camino de Santiago, cuando decidió prescindir durante varios días de todo el material necesario para las lentes y utilizar sus gafas. “Cada día veía peor y yo decía: ‘Quiero mis lentillas, quiero mis lentillas’. Para mí es una tranquilidad: te las pones por la noche y el resto del día estás perfectamente, sin preocupaciones”.
Casi diez años frenando la progresión
El resultado del seguimiento es especialmente significativo. Aunque para conocer con exactitud su graduación actual sería necesario suspender temporalmente el uso de las lentes, los cálculos realizados durante las revisiones indican que la miopía de Martina habría progresado únicamente entre media y 0,75 dioptrías en casi una década, frente al ritmo aproximado de una dioptría anual que llegó a presentar antes de iniciar el control.
“Es increíble. Conseguimos actuar en el momento justo”, destaca Ana Belén Cisneros.
La Orto-K utiliza lentes rígidas especialmente diseñadas para modificar temporalmente la geometría corneal durante el sueño. Además de proporcionar una buena visión durante el día sin gafas ni lentes de contacto, constituye una de las opciones disponibles actualmente para el control de la progresión de la miopía.
Cisneros recuerda que controlar este defecto refractivo durante el crecimiento no es únicamente una cuestión de graduación o comodidad. “No es igual un ojo con tres dioptrías de miopía que uno con seis. Cuanto mayor es la elongación del ojo, mayores son también determinados riesgos para la salud ocular en el futuro, como el desprendimiento de retina, el glaucoma o la maculopatía miópica”, explica. Por ello, el objetivo es intentar evitar que una miopía infantil continúe avanzando hasta alcanzar valores elevados y reducir así los riesgos asociados.
Ver bien también importa para aprender
La historia de Martina adquiere especial relevancia en septiembre, coincidiendo con el regreso al colegio, al instituto y, en su caso, con el salto a la universidad.
Ella recuerda perfectamente cómo no ver bien condicionaba su experiencia en el aula. “Como no veía, me tenían que poner delante y me sentía un poco un incordio. Estaba todo el rato diciendo: ‘¿Me puedes volver a poner la diapositiva?, ¿me lo puedes poner más grande?’. Cuando empecé con las lentillas ya veía todo lo que necesitaba”.
Ahora, con la perspectiva de los años, tiene claro hasta qué punto una buena visión facilita el aprendizaje. “Influye mucho. Cuando vas creciendo, todo se ve en la pizarra. El profesor explica y eres tú quien tiene que coger los apuntes y estar atento. Cuanto mejor veas, más rápido puedes seguir la clase”.
Por su parte, Ana Belén Cisneros recuerda que hay señales que padres y profesores no deberían pasar por alto: entornar los ojos para intentar enfocar, frotárselos con frecuencia, presentar enrojecimiento ocular o dolores de cabeza, adoptar posturas extrañas para ver o saltarse líneas y palabras durante la lectura.
“Los niños muchas veces no se quejan porque no saben lo que es ver bien y ver mal”, advierte. La propia Cisneros lo experimentó en su infancia: “Yo empecé a llevar gafas con diez años y no sabía que se podía ver así de bien”.

Revisiones y atención personalizada desde la infancia
La experiencia de Martina muestra también que el control de la miopía no termina con la adaptación de unas lentes. Requiere revisiones periódicas, educación sanitaria y una estrecha colaboración entre el profesional, el menor y su familia.
“Cuando son tan pequeños los vemos cada tres meses. Hay que explicarles a ellos y también a los padres qué tienen que hacer, cómo cuidar las lentes y cuándo no deben utilizarlas. Las revisiones son fundamentales”, recalca Cisneros.
Martina conoce bien su importancia. En una ocasión se produjo una pequeña lesión ocular al colocarse incorrectamente una lente y fue Ana Belén Cisneros quien la detectó durante una revisión, ya que ella no había advertido el problema.
A lo largo de casi una década, esa continuidad asistencial ha creado además una relación que trasciende la mera corrección visual. “Yo llego aquí y es como mi casa”, cuenta Martina. “Sé que si tengo un problema puedo llamar a Ana en cualquier momento. Esa confianza me da la tranquilidad de saber que, si me pasa algo, voy a poder solucionarlo cuanto antes”.
“Cuanto antes lo miren, mejor para el niño”
Al iniciar esta nueva etapa como estudiante de Marketing, Martina tiene ahora muy claro el mensaje que trasladaría a las familias coincidiendo con la vuelta al colegio: no esperar a que un niño tenga dificultades evidentes para comprobar cómo ve.
“Cuanto antes le pongan las gafas, las lentillas o lo que necesite, mucho mejor para él. Se va a ahorrar problemas en clase, para relacionarse con sus amigos o para ver las pantallas”, asegura.
Por eso considera fundamental aumentar la información sobre salud visual y facilitar el acceso de la población a los profesionales que pueden detectar estos problemas. “Lo más importante es la comunicación y la educación sobre salud visual, que se dé más a conocer. Porque hasta que alguien es consciente de que no ve bien puede pasar demasiado tiempo”, asegura.
Su experiencia la marcó hasta tal punto que, cuando todavía era una niña, se convirtió espontáneamente en una pequeña embajadora de la salud visual: “Cogía tarjetas de la óptica y las repartía por la clase para que la gente supiera que había que acudir al óptico, porque con una atención adecuada se puede ver mejor”.
#COOCYLConLosPacientes cierra un año de historias reales
Con la historia de Martina, COOCYL pone fin a la campaña #COOCYLConLosPacientes, iniciada en octubre de 2025 coincidiendo con el Día Mundial de la Visión.
Durante casi un año, la iniciativa ha dado voz a pacientes con diferentes necesidades y problemas visuales para mostrar, desde su propia experiencia, cómo la prevención, el seguimiento, la formación y la atención personalizada de los ópticos-optometristas repercuten directamente en su autonomía, bienestar y calidad de vida.
El último testimonio cierra el círculo precisamente donde empieza buena parte de la prevención: en la infancia y en las aulas. Martina tenía ocho años cuando levantó la mano para decir que no veía la pantalla. Diez años después, comienza la universidad habiendo mantenido bajo control la progresión de su miopía y con una relación de confianza con la profesional sanitaria que la acompaña desde entonces.
Una historia que resume también uno de los principales mensajes que COOCYL ha querido trasladar a lo largo de toda la campaña: ver bien no consiste únicamente en corregir una graduación, sino en cuidar la salud visual en todas las etapas de la vida.