√ El Colegio de Ópticos-Optometristas de Castilla y León presenta una nueva historia real de su campaña #COOCYLConLosPacientes, centrada en un escolar con miopía hereditaria que ha comenzado un tratamiento de ortoqueratología para frenar la progresión de su defecto visual
√ “Desde el primer día salía feliz de casa sin las gafas”, recuerda Valentina Rendón, madre de Jean Pooll, tras las primeras noches de tratamiento
√ La delegada de COOCYL en Salamanca, Estefanía García Cerviño, destaca que la Orto-K permite a muchos niños disfrutar del deporte, los juegos al aire libre y las vacaciones sin depender de ningún tipo de lente por el día

Mientras muchos niños preparan sus vacaciones, los campamentos de verano o las tardes de fútbol al aire libre, Jean Pooll afronta estos meses de una forma muy diferente a la de hace apenas unas semanas. A sus siete años, este niño residente en Salamanca ha dejado de depender de las gafas durante el día gracias a un tratamiento de ortoqueratología (Orto-K), una solución que no solo le proporciona libertad visual, sino que también busca frenar la progresión de una miopía hereditaria que avanzaba rápidamente.
Su historia protagoniza una nueva entrega de la campaña #COOCYLConLosPacientes, impulsada por el Colegio de Ópticos-Optometristas de Castilla y León (COOCYL) para dar visibilidad a historias reales que muestran cómo la atención personalizada de estos profesionales sanitarios mejora la salud visual y la calidad de vida de las personas.
Jean Pooll llegó a la consulta de Estefanía García Cerviño, delegada de COOCYL en Salamanca, tras comprobar que su graduación había aumentado de forma significativa en el último año. “Le llevábamos revisando desde 2024 y este año vimos que la miopía había progresado casi una dioptría de golpe. Ahí fue cuando decidimos plantear una estrategia de control”, explica la óptico-optometrista. Actualmente, el niño presenta 2,50 dioptrías de miopía y 2,50 de astigmatismo en el ojo derecho, y 1,25 dioptrías de miopía y 3 dioptrías de astigmatismo en el izquierdo, en un claro caso de miopía hereditaria, ya que ambos progenitores, sobre todo la madre, presentan antecedentes de problemas refractivos.
Tras explicar a la familia las diferentes opciones disponibles para controlar la progresión de este defecto visual, se optó por la ortoqueratología (Orto-K), un tratamiento basado en lentes de contacto rígidas de uso nocturno que moldean suavemente la córnea mientras el niño duerme. Al retirarlas por la mañana, puede ver durante todo el día sin necesidad de gafas ni lentillas.
“La Orto-K es una de las soluciones con más evidencia científica para el control de la miopía. Las estimaciones indican que, frente a una progresión habitual de alrededor de 0,75 dioptrías al año, puede reducir ese avance a cifras mucho menores”, señala la especialista.
Además, uno de los aspectos que más sorprendió a la familia fue la facilidad con la que Jean Pooll se adaptó a esta intervención terapéutica. Aunque actualmente su madre le ayuda algunos días a colocarse las lentes cuando está más cansado, durante las primeras semanas fue capaz de ponérselas y quitárselas él mismo bajo supervisión. «A veces pensamos que son demasiado pequeños para usar lentillas, pero si son responsables pueden hacerlo perfectamente», asegura Estefanía García Cerviño. «Precisamente una de las ventajas de la Orto-K es que las lentes se ponen y se retiran siempre en casa, lo que facilita el control y la higiene», añade.

Un verano sin gafas
A pesar de su corta edad, Jean Pooll expresa claramente qué es lo que más le ha gustado de su nueva situación. Apasionado del fútbol y seguidor del FC Barcelona, de la Selección de Colombia, de donde es originario, y de la Selección Española, más ahora que se está disputando el Mundial de Fútbol, asegura que disfruta más de los partidos y de los juegos al aire libre. «Sí», responde con una sonrisa cuando le preguntan si está contento por poder jugar sin gafas. También confirma que ve mejor la pizarra en clase y que le gusta no tener que preocuparse por las monturas mientras corre o está con sus amigos en el parque.
Y la realidad es que la diferencia la notó desde la primera noche. “Cuando vino a la revisión después de dormir con las lentes por primera vez, llegó con una sonrisa de lado a lado”, recuerda la experta óptico-optometrista. “Probablemente, hasta entonces, lo primero que hacía al levantarse era ponerse las gafas, incluso antes de ir al baño. De repente pudo levantarse, ir al colegio y desenvolverse sin ellas”.
Su madre también recuerda perfectamente aquel momento. “La primera semana salía de casa diciendo: mamá, puedo ver, puedo ver. Iba feliz por todos lados. Ver esa alegría ha sido lo más satisfactorio de todo el proceso”, relata Valentina Rendón.
La llegada del verano ha multiplicado aún más las ventajas del tratamiento. Ahora Jean Pooll puede jugar al fútbol, correr, ir al parque o disfrutar de las actividades al aire libre sin preocuparse por las gafas.
“Nos decidimos porque queríamos que estuviera más libre durante el día. Es un niño muy activo y las gafas siempre terminaban siendo una limitación. Ahora estamos felices. Ha ganado comodidad, libertad y seguridad”, afirma su madre.
La miopía se ha convertido en uno de los principales problemas de salud visual infantil. Se estima que afecta ya a uno de cada cinco niños entre 5 y 7 años y a más del 30 % de los adolescentes. Además, cuando progresa hasta convertirse en alta miopía, aumenta el riesgo de desarrollar patologías oculares graves en la edad adulta.
Por eso, los especialistas insisten en la importancia de las revisiones periódicas y de adoptar hábitos visuales saludables desde edades tempranas.
“En los niños con miopía, y para todos en general, es fundamental pasar al menos dos horas al día al aire libre, reducir el tiempo de pantallas y mantener una distancia adecuada de trabajo cuando leen o utilizan dispositivos digitales”, recuerda Estefanía García Cerviño.

Ópticos-optometristas: profesionales sanitarios cercanos y accesibles
La historia de Jean Pooll también pone de relieve el importante papel de los ópticos-optometristas en la detección precoz y el seguimiento de las alteraciones visuales infantiles.
Valentina Rendón reconoce que, cuando comenzó a preocuparse por la visión de su hijo, encontró más respuestas en la consulta de su óptica-optometrista que en el sistema sanitario. “Pedí cita para que revisaran al niño y pasaban los meses sin respuesta. Mientras tanto, él iba cada vez peor. Necesitábamos actuar rápido”, explica.
Por ello, considera que la presencia de ópticos-optometristas en la sanidad pública supondría una mejora importante para muchas familias: “Sería muy bueno que estuvieran junto a los pediatras o en Atención Primaria. En un niño, detectar estos problemas a tiempo es una prioridad y evitaría muchas esperas”, asegura.
Para Estefanía García Cerviño, la clave está en la cercanía y el seguimiento personalizado. “No se trata solo de poner unas gafas o adaptar unas lentes. Acompañamos a las familias durante todo el proceso, hablamos con los profesores, explicamos hábitos visuales y hacemos un seguimiento continuo para conseguir los mejores resultados”.
De hecho, durante el periodo de adaptación, la óptico-optometrista también informó al colegio mediante una nota dirigida a los profesores para que Jean Pooll pudiera sentarse en las primeras filas mientras alcanzaba el máximo rendimiento visual.
«Nos gusta trabajar coordinados con el entorno del niño, porque la salud visual también forma parte de su rendimiento escolar», explica la profesional salmantina.
Una campaña que da voz a los pacientes
La historia de Jean Pooll forma parte de la campaña #COOCYLConLosPacientes, puesta en marcha el pasado mes de octubre por COOCYL con motivo del Día Mundial de la Visión para visibilizar la labor sanitaria de los ópticos-optometristas y mostrar, a través de testimonios reales, cómo una atención visual especializada puede cambiar la vida de las personas.
En este caso, la de un niño de siete años que afronta su primer verano sin gafas con una sonrisa y una frase que resume a la perfección el éxito de esta intervención temprana: “Mamá, puedo ver”.